Sí, pero sin mezclarnos

Ya he pasado el terror a las diarreas, a que me siente mal el agua, incluso antes de ayer por la noche -y eso que yo no soy de conocer la noche en los países que visito-, salí a descubrir la diversión nocturna de Beijing a un lugar tremendamente pijo. Quitando lo cordial y el buen momento que nos hicieron pasar los amigos de mi compañero de viaje, lo más curioso que nos pasó es que un señor con una chaqueta cruzada con botones dorados dijo a mi amigo Javier que parecía un terrorista; y una bella y joven mujer rubia me abrazó efusivamente dándome besos y diciéndome conocerme del pasado. 

Es la etapa del viaje en el que empiezan a florecer los padrastros en los dedos de tanto meter y sacar objetos, entradas y billetes de los bolsillos de los pantalones. Es la etapa en que el viaje coge inercia y empiezo a tener esa dulce sensación de borrado del pasado, esas lagunas en las que no sabes cuando llegaste, tampoco piensas cuando te vas y empiezas a vivir el presente erótico del viaje. Es la etapa en el que no sabes como pudiste meter esa ropa, esos libros o esos cargadores, porque ahora no te cabe nada o la mochila pesa más con el temor que eso supone cuando la pones en la cinta para facturarla.

Empiezas a sentirte a gusto, bien, seguro... le coges el rollo al país, a su cultura, a sus modales y manías, pero también empiezas a sentirte cansado, físicamente y mentalmente agotado.

Todavía no estoy en el ecuador del viaje, me falta lo más exótico: Corea del Norte. Por ahora, aunque lo contaré con detalle más adelante, solo puedo decir que mi primera impresión de China, y más concretamente de Beijing y Xi'an, es de una ciudad muy "evolucionada" (no pase desapercibido el entrecomillado), ordenada y burocratizada...; lenta, tranquila y sin mala leche. Ellos no quieren mezclarse con el occidental, están en una especie de éxtasis neo-capitalista. Están empezando a sentir el deseo del éxito, el dinero y todas esas cosas que a los europeos, ahora, empezamos a darles un poco de menos importancia.

Sí, pero sin mezclarnos. 

Es como si a ellos, que les gusta tanto copiar, estuvieran copiando nuestro modelo, y con ello el placer de ser copiado, no de comprar lo auténtico. De ahí el de no mezclarse, el de verlo todo muy desde lejos. Pero como he dicho antes, de esto hablaré más adelante.

Ahora empieza a coger velocidad el viaje.

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