Fotografía, literatura, ejercicio y meditación o cómo mantener el león a raya para que no te coma

Paisaje

Puede ser que a nadie le importe lo que voy a escribir. O que realmente a quien le importe sea a mí. No obstante yo lo cuento. Lo más que puede llegar a pasar es que me haga bien a mí, y de paso, le pueda ayudar a alguien que esté igual que yo.

La historia que os voy a contar trata de cómo la fotografía me llevo a la meditación, y como ésta, o mejor dicho ambas, me están aliviando de mi bruma existencial, es decir, el pensar más de la cuenta, las espirales de pensamiento, la obsesión, la neura, esos tormentos. Para no quedarnos en algo superficial os describiré el proceso de en medio, es decir, esas pequeñas islitas que saltando de una a otra me llevaron a este liviano placer. En resumen, podríamos decir que les vengo a contar como la fotografía, el ejercicio, la literatura y la meditación me ayudaron a mantener a raya a un león llamado ansiedad, aunque no del todo, lo mejor fue que me hicieron un poco "mejor persona". 

Siempre he tenido ansiedad. Yo no sabía que era la ansiedad hasta que pasaron muchísimos años. Continuamente pensaba que iba a morir de un infarto al corazón, que no llegaría muy lejos y que no cumpliría los 30. Creía, con diez añitos, que el no dormir, mis ruidos en el estomago, mis extrasístoles en el corazón, el tener esa bruma mortífera en la cabeza era consecuencia de que el día anterior había bebido más Coca-Cola o café de la cuenta. La cuestión es que con el tiempo todo eso desapareció, o por lo menos hasta el punto de no ser un problema en mi vida. Fue, si no recuerdo mal, a partir del día que pude escuchar de boca de un medico decir que lo que me pasaba no era nada, que no me mataría, y que no debía escuchar tanto a mi cuerpo.

La vida seguía. Fue con 31 años, una noche vieja me puse muy enfermo con una gripe terrible. Todos los miedos, angustias y temores salieron a la luz como por arte de magia, sin saber el por qué, ni para qué. Es como si de pronto todo lo que tenía recluido -desde el día que las palabras del medico me indicaron que lo que tenía era cuento-, escaparan de la mazmorra y me hicieran una emboscada violenta llena de saña: aquí estamos Pedro, somos nosotros, lo peor de lo peor, los que un día encerraste… venimos a joderte bien.

Y tanto que me jodieron, no solo viví un antes y después en mi vida -el día que con depresión (ahora sí sé que no fue solo ansiedad), me acosté en posición fetal creyéndome que me moriría esa misma noche-, sino que además continuó un año más hasta que me dieron una solución, una que intento recordar y practicar cada día que me levanto.

Correr, sí… lo que escuchas, correr, moverme, hacer ejercicio. Correr me centró, me dio paz interior, una especie de meta y objetivo cercano. Empezando a correr diez minutos, quince, treinta, una hora… cada vez que terminaba mi objetivo diario empezaba a sentir en mi cuerpo un estado de felicidad indescriptible. Corriendo me escuchaba, me hablaba, no solo era algo físico, aunque también sentía que cuidaba de mi corazón, que lo entrenaba, que también adelgazaba, en resumen, me sentía más saludable.

Y hasta el día de hoy que sigo corriendo y sigo manteniendo ésta disciplina que me ha salvado de mi pesadilla. La pregunta que os haréis seguro es: Entonces ¿Desapareció la ansiedad?

La respuesta es ¡NO!

Me ayudo a aliviar considerablemente los estados físicos-mentales que me hacían un completo invalido social, a eliminar los momentos de pánico que no me dejaban vivir, y que con su continuidad me estaban llevando a la depresión. El correr fue la base, la base solida que me ayudo a poder seguir puliendo las asperezas de la ansiedad. Ese león invisible que te alerta de que o sales corriendo o puedes acabar devorado. León, por cierto, que por mucho que intentas ver dónde se encuentra para saber en que dirección salir corriendo nunca lo llegas a ver.

La lectura aplicada a la curiosidad y el deleite de observar me llevaron un paso más allá, es entonces cuando nació el placer por el caminar, por pasear, con cámara o sin cámara, con lentitud, sin prisas, mirándolo todo y hablándome a mí mismo.

Correr (hacer ejercicio, mover el cuerpo…) es parte de la curación. Es mejor empezar a admitir que la ansiedad será parte de tu vida, pues es el camino para salir de ella, y no solamente hay que admitir esta afirmación porque está muy cerca de la realidad, sino porque también es la actitud más positiva si quieres remediarla. Es como si luchando con ella, es decir, creyendo que puedes erradicarla faltándole el respeto, agrediéndola, insultándola… no obtuvieras ningún beneficio, sino todo lo contrario. Con la ansiedad, como con muchas cosas en la vida, hay que utilizar la aceptación, una filosofía de proximidad, una resistencia intima como diría Josep Esquirol, todo esto, sazonado con una actitud Zen.

Y aquí entra la fotografía que fue tomando forma y asentándose en mí vida como el comer –o el correr-.

Lo que siempre fue un registro artístico más, un hobbie, una forma de expresarme, de hacer arte –que ya venía realizando años antes-, se convirtió en una especie de terapia que me relajaba y me daba paz.
Durante muchos años me pregunté el porqué de esto, como si eso importara, pero sí, importa y mucho cuando intentas quitarte un lastre que te invalida y no te deja vivir con naturalidad. Necesitas saber el porqué ocurren las cosas para configurar tu vida y estar seguro que mantendrás a raya la ansiedad y sus condicionantes.
Entonces llegué a la conclusión que la fotografía me relajaba porque me hacía estar en el presente,  me emplazaba en el «aquí y ahora» concentrándome en cada objeto, cosa, lugar que veía y enfocaba. Era un estado de flujo total que hacía que observara todo lo que estaba pasando a mi alrededor. Y así la fotografía, además de una “disciplina” artística se convirtió en un alivio espiritual.

Con la fotografía nació una forma paciente, sesuda y desprendida de observar las cosas, de ir más allá y no quedarse en lo meramente formal, de comprender que ocurría ahí y porqué, qué pasa y qué pasó. La fotografía fue poco a poco convirtiéndose en un diván, un acto de reflexión de mí con el entorno, con el mundo. Y fue entonces como para comprender que ocurría dentro y fuera mi cabeza -y de mi cámara-, cambié la literatura técnica, formal y de estilo por ensayos y filosofía. 

Walter Benjamin, Simone Weil, Tanizaki,Yi-Fu Tuan, Thoreau, Ralph Waldo Emerson, Leonardo Boff, Dinouart, William Hazlitt, Robert Louis Stevenson, Paul Lafargue, Mihaly Csikszentmihalyi, Roland Barthless y un largo etcétera de filósofos, humanistas, artistas, ensayistas y pensadores… La lectura aplicada a la curiosidad y el deleite de observar me llevaron un paso más allá, es entonces cuando nació el placer por el caminar, por pasear, con cámara o sin cámara, con lentitud, sin prisas, mirándolo todo y hablándome a mí mismo.

Como sin darme cuenta, poco a poco, el caminar se fue convirtiendo en un mantra físico, un paso y otro voy haciendo camino, uno y dos, pierdo la noción del tiempo... Mientras andaba, y observaba todo a mi alrededor, mis pulsaciones bajaban, entonces nacía en mí una conversación guiada, una charla conmigo mismo, relajada y complaciente, me preguntaba cosas y mi mejor yo las contestaba. El correr también se convirtió en un momento de introspección, también me hablaba mientras corría, aunque el verdadero placer fuera la meta física, el objetivo de llegar, que también requiere de concentración. Cuando corría había ritmo, respiración, tiempo… y éste era reflejado en mi cabeza como algo hipnótico.

A la meditación hay que desmitificarla, quitarle ese carácter ceremonioso, como a tantas otras cosas, y hacer de este ejercicio un entrenamiento de lo más habitual.

Cada día que pasaba, todas las aficiones –por no llamarles disciplinas-, todas las piezas de este entretenido, y complejo puzle, fueron encajando sin esfuerzos para dejar vislumbrar y formar una imagen llamada meditación.

Yo meditando, sí, quien lo iba a decir. Eso que en algún momento llegó a ser algo de iluminados y místicos se convirtió en algo mundano, y que mejor que lo mundano para hacerlo real y parte de ti.

La meditación, a todos nos ha sonado en algún momento esto a chaladura ¿verdad?, pero no. Precisamente la meditación hay que desmitificarla, quitarle ese carácter ceremonioso, como a tantas otras cosas, y hacer de este ejercicio un entrenamiento de lo más habitual.

Todos los días veo gimnasios repletos de personas entrenando el chasis del alma, es decir, el cuerpo, esa piel pegada al yo. Nadie dice nada al respecto de lo beneficioso que es moverse, sudar y hacer ejercicio, es obvio, nacemos con un cuerpo y vivimos con él durante el resto de nuestras vidas. Pero ¿y la mente? ¿la entrenamos?
Vivimos en una sociedad veloz, en la que no existe demora ni tiempo para poder pararse y pensar unos minutos. Es esperpéntico que en una sociedad altamente tecnológica, donde menos hace falta la fuerza porque ya no cazamos mamuts, se entrene más el cuerpo que la mente, cuando lo que realmente necesitaos es escucharnos a nosotros para no olvidarnos de que existimos. Pues eso es la meditación, un entrenamiento de la mente, un juego inclusive. Lo mismo que se entrena el cuerpo se entrena la mente.

¿Y para qué sirve? Para poder vivir mejor, para que los pensamientos –y la mente-, no jueguen contigo sino para que tú también juegues con ellos, es decir, que no sea la mente la única que gana la partida de ajedrez; para quitarte la obsesión, las neuras y poder tolerar las frustraciones, para aceptar la realidad; para ser mejor persona, para entrenar la compasión y comprender que no eres la única persona que sufres en el mundo; para estar atento a la vidad, para darte cuenta que en la vida existen detalles que aunque parezcan nimios son inmensos en sí mismo, y que la velocidad (y la exigencia) con la que vivimos nos han hecho no prestarle atención… para eso y muchísimo más sirve la meditación.

Al final la suma de todo esto hace que, los que necesitamos ayuda porque no vivimos tranquilos,  podamos vivir algo mejor, con más dignidad y calma. No todo el mundo necesita esto, existen personas con suerte, que están a la altura de sus circunstancias y controlan la mente, pero para los que no, no nos queda otra que estas pequeñas disciplinas.

Ojalá os haya mostrado algo de luz, y que por muy leve que sea os haya aliviado algo vuestro sufrimiento.

Sed felices.