Olvidos y recuerdos

Hará ya unas semanas que llegué de viajar por algunos países –unos reconocidos, otros menos-, del antiguo bloque de la unión soviética. También he estado visitando la zona donde ocurrió una de las mayores catástrofes del siglo pasado, Chernóbil, en concreto la ciudad abandonada de Prípiat, donde residían los trabajadores de la central. Pero ahora no os voy a hablar ni de la catástrofe del reactor número 4, ni de ese país fantasma con moneda propia llamado Transnistria que conocí de camino a Kiev.

Os voy hablar de la muerte y la memoria, porque ambas me han estado persiguiendo durante este viaje.

Decir que adoro viajar en estas fechas. Me encanta el frío, la nieve, los cielos nublados, la luz... Si a esto se le suma que el destino es a países de Europa del Este y sus cementerios, el cóctel está servido.

Acostumbró a visitar los cementerios de los lugares a donde voy, algunos me sorprenden más, otros menos. Pero este viaje por sus condicionantes, tanto retóricos como semánticos; desde un punto formal-estético como antropológico; histórico-contemporáneo, me hicieron reflexionar -aun más-, sobre la muerte y su resistencia: la memoria.

Una de las cosas más fascinantes que me he encontrado en estos cementerios de Bucarest, Chisináu en Moldavia y Kiev en Ucrania es su fotografía. No la fotografía del cementerio en sí -su territorio-, sino los retratos en sus tumbas, lapidas y panteones. Lo particular de los retratos de los fallecidos era su nivel de descomposición, empezaban a desaparece la pintura, y estos simbolizaban sin querer la blancura del olvido. Ya no sólo desaparecía el cuerpo físico sino que también prescribiría la imagen y con desaparición, ya se sabe, el olvido. Esto me hizo recordar un trabajo de Xavier Rivas, "Flowers", en concreto a la disipación de las flores en los santuarios al aire libre de accidentes automovilísticos. Estos lugares ‘de sombra’, sin embargo, lejos de desaparecer se ‘invisibilizan’. En mi caso las fotos no se mimetizarían, como la flores, estas desaparecerían dejando un hueco, un lugar, la blancura. Las flores de Xavier son como una foto en blanco en la que tú sabes que cosa había antes de desaparecer, pero que ya no puedes ver.

Lo que yo sentía viendo estos retratos a punto de desvanecerse era un doble duelo, Barthes decía que la fotografía tenía un irremediable patetismo incorporado, ya que “no hay futuro en ella”. Hay una incapacidad del autor en transformar el dolor en duelo, seguramente, porque el referente muere en la vida real, pero no hay futuro en ella.

Estaba viendo los espectros desaparecer. Primero los cuerpos, segundo las imágenes, ahora sólo quedaría la burlona y mentirosa memoria haciendo de la suyas. El deseo de tomar la cámara nace de la ansiedad de ser consientes de nuestra debilidades cognitivas respecto al paso del tiempo. Pero también es una forma de mantener en vida, en forma de luz, a un ser querido, a una persona que ya no está físicamente, por eso es un espectro.

La doble muerte –el doble duelo-, de los cementerios que he visitado son un espectáculo de nostalgia. Las miradas de esos retratos a punto de desaparecer son como observar la muerte de una estrella, porque al igual que las estrellas, las fotos nos recuerdan algo que no está y que se construyó a base de luz.

Ahora que llegan las navidades, momentos entrañables en que todos recordamos a personas que ya no están entre nosotros, las fotos son cápsulas del tiempo, lo más cerca de estar con los que ya no están. En el caso que no tengas fotos, y que desaparezcan como los retratos de los cementerios de Bucarest, Chisináu o Kiev, siempre puedes acudir al olvido, porque como decía Bachelard "no solamente nuestros recuerdos, sino también nuestros olvidos, están alojados".

Feliz Navidad de recuerdos y olvidos.

 Retratos del cementerio de Baikove en Kiev, Ucania. ©Pedro J. Saavedra

Retratos del cementerio de Baikove en Kiev, Ucania. ©Pedro J. Saavedra