Beijing

Enriquecerse es glorioso

En el libro que Pablo d’Ors le dedica a su amado Charles de Foucauld describiendo detalladamente la aventura religiosa del vizconde francés, El olvido de sí, hay una frase que subrayé concienzudamente. Ésta dice: «Occidente tendría que volver sus ojos a Oriente para recobrar así un poco de su luz.»

En este viaje que he realizado a China -ya lo sé, China es muy grande-, me he acordado en repetidas ocasiones de esta frase. Y tiene todo el sentido del mundo. Aunque solo he estado en tres ciudades, Beijing, Xi’an y Shanghái, he podido comprobar como China está viviendo un proceso de metamorfosis occidentalizadora demencial. En mi vida he visto más iPhones 6 Plus juntos, que alguno habrá que sea falso pero ¿tantos? Coches de alta gama, tiendas de moda y alta costura, centros comerciales, restaurantes de nivel…

Skyline de Shanghái.

Skyline de Shanghái.

Si digo que sé que China es muy grande es porque conozco ciudades, aún desconocidas para muchos, que no son ni Beijing, ni Xi’an, ni Shanghái, ni Hong-Kong… y que alucinaríais con los datos. Por ejemplo, «la población de Chongqing aumenta a un ritmo de 200.000 personas al año. Chongqing vivió su primer empujón de desarrollo en 1997, cuando la ciudad se separó de la provincia de Sichuan y se constituyó en municipalidad. En ese proceso, adquirió 82.400 kilómetros cuadrados de terreno adicionales. Ahora, ocupa más espacio que Austria.»¹ Una autentica monstruosidad de ciudad. Además esta sirve de experimento para las ideas del destacado catedrático y politólogo chino Pan Wei, el prestigioso economista Wang Shaoguang y el subdirector del Instituto de Ciencia Política de la Academia de Ciencias Sociales de China Fang Ning: fortalecer el Estado de derecho y consultar al pueblo sobre las principales decisiones. En China la democracia no está del todo bien vista, pero ese es otro tema a tratar.

Está claro que la ya conocida frase que en 1978 dijo Deng Xiaoping «enriquecerse es glorioso» se la tomaron muy en serio, y aunque todavía exista una brecha bastante profunda entre “ricos” y “pobres” la clase media va creciendo espectacularmente. Y esto se puede comprobar perfectamente visitando la periferia de las ciudades: hileras de rascacielos, urbanizaciones y complejos más que dignos donde viven miles y miles ciudadanos chinos.

A todo esto os preguntareis, y bueno, ¿qué tiene esto de malo? Pues según se mire. De lo poco que he visto -creo que suficiente para hacerme una idea-, tengo que decir que no me ha gustado la imagen de imitación a occidente (claro, de lo malo de occidente): la ambición feroz por el éxito, la ostentación, el poder, el lujo, lujo como concepto de “caro, grande y brillante” –¿dónde quedó la sombra?- ¿qué diría Tanizaki de todo este brillo…?

Metro en la ciudad de Beijing.

Metro en la ciudad de Beijing.

Y es ahí, viendo todo este espectáculo, donde la frase de Pablo d’Ors en boca de Charles de Foucauld me golpeaba en la cabeza una y otra vez: ¿Es esta la luz del lejano oriente?
¿No será al contrario? ¿No será qué, ahora, la vieja y arruinada Europa, arrepentida, vive inmersa en una época de mirada hacía Oriente (política y espiritual) mientras que la lejana oriente vive excitada ante la idea de consumo y éxito?     

Además, es en China dónde he podido comprobar la cara más cruel de la tecnología, hablo concretamente del móvil. He visto familias enteras reunidas con sus caras iluminadas, hipnotizadas con la pantalla de sus terminales; cientos de jóvenes sonriendo en soledad, haciéndose selfies como si fueran unos posesos… ¿Es esta la luz del lejano oriente que tenemos que recobrar?

Mark Leonard en su libro ¿Qué piensa China? dice que muy pocas cosas que suceden a lo largo de nuestras vidas se recordarán después de la muerte, pero el ascenso de China será diferente, éste resonará a lo largo de las generaciones venideras. Pues bien, cuando estas allí entiendes a qué se refiere.

Yo solo espero que al menos no pierdan esa la luz, esa luz milenaria a la que se refería Pablo d’Ors en boca de Charles de Foucauld: la de la meditación, la sombra y el silencio…

¹. Información extraída de lainformacion.com.

Sí, pero sin mezclarnos

Ya he pasado el terror a las diarreas, a que me siente mal el agua, incluso antes de ayer por la noche -y eso que yo no soy de conocer la noche en los países que visito-, salí a descubrir la diversión nocturna de Beijing a un lugar tremendamente pijo. Quitando lo cordial y el buen momento que nos hicieron pasar los amigos de mi compañero de viaje, lo más curioso que nos pasó es que un señor con una chaqueta cruzada con botones dorados dijo a mi amigo Javier que parecía un terrorista; y una bella y joven mujer rubia me abrazó efusivamente dándome besos y diciéndome conocerme del pasado. 

Es la etapa del viaje en el que empiezan a florecer los padrastros en los dedos de tanto meter y sacar objetos, entradas y billetes de los bolsillos de los pantalones. Es la etapa en que el viaje coge inercia y empiezo a tener esa dulce sensación de borrado del pasado, esas lagunas en las que no sabes cuando llegaste, tampoco piensas cuando te vas y empiezas a vivir el presente erótico del viaje. Es la etapa en el que no sabes como pudiste meter esa ropa, esos libros o esos cargadores, porque ahora no te cabe nada o la mochila pesa más con el temor que eso supone cuando la pones en la cinta para facturarla.

Empiezas a sentirte a gusto, bien, seguro... le coges el rollo al país, a su cultura, a sus modales y manías, pero también empiezas a sentirte cansado, físicamente y mentalmente agotado.

Todavía no estoy en el ecuador del viaje, me falta lo más exótico: Corea del Norte. Por ahora, aunque lo contaré con detalle más adelante, solo puedo decir que mi primera impresión de China, y más concretamente de Beijing y Xi'an, es de una ciudad muy "evolucionada" (no pase desapercibido el entrecomillado), ordenada y burocratizada...; lenta, tranquila y sin mala leche. Ellos no quieren mezclarse con el occidental, están en una especie de éxtasis neo-capitalista. Están empezando a sentir el deseo del éxito, el dinero y todas esas cosas que a los europeos, ahora, empezamos a darles un poco de menos importancia.

Sí, pero sin mezclarnos. 

Es como si a ellos, que les gusta tanto copiar, estuvieran copiando nuestro modelo, y con ello el placer de ser copiado, no de comprar lo auténtico. De ahí el de no mezclarse, el de verlo todo muy desde lejos. Pero como he dicho antes, de esto hablaré más adelante.

Ahora empieza a coger velocidad el viaje.

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