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Las redes, el nuevo muro de las lamentaciones

Pedro: Hola hermano, supongo que estarás acostumbrado a que desde el primer segundo que abres Facebook o Twitter ya veas las primeras reflexiones y un sinfín de quejas que atestan la línea temporal ¿verdad?. Pues te traigo una mala noticia, aunque tú ya lo sabrás, esas buenas intenciones tan creativamente escritas o esos ingeniosos memes no arreglarán el problema.

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IV. La distopia - Es el futuro

Lo “digital” crece y evoluciona, como sigue evolucionando nuestro cerebro, desde tiempos pasados a nuestros días. Internet es un “cerebro” que aprende, que madura, que se hace mayor y recopila más y más datos, más información: imágenes, vídeos, coordenadas, y, además, gustos, sentimientos, historias recopiladas en las redes sociales. Esa libertad infinita que celebraba Microsoft en el disco de instalación de Windows 98 «Where do you want to go today?» Dios sea convertido en un Big data.

Lo analógico (o lo espiritual, la vida del pensamiento libre y la reflexión) queda débil y alejado, en lo mental y lo material. Cada vez existen más lugares fantasmas, esos lugares olvidados de lo analógico. ¿Cuánto tardaremos para que pase lo mismo con la realidad física que vivimos? Sus calles, sus plazas, sus avenidas... Por ejemplo, en televisión existe una horquilla de frecuencia análoga, que cada vez está más solitaria y exenta de actividad cuando “navegas” por ella. Es por culpa del apagón analógico y la era digital que convierte en un mar de barcos fantasmas lo analógico. 
Lo mismo imagino para los territorios reales, los que se tocan y se huelen; 

los que se recorren y se pisan. ¿Qué ocurre por esos mares abandonados? Esos barcos piratas que son ahora ondas de lo secreto. 

Pienso en una era en la que un “cerebro” enorme y gigante recopilará imágenes y vídeos de todos los lugares del mundo, lugares abandonados, porque no existirán personas que recorran la realidad. Sólo los más locos lo harán y en esos me fijo yo. Sólo observaremos ¿lo real? desde lo digital, desde ese Street View en el que ya no sólo podremos ver y deambular a tiempo real, sino que también podremos oler, y quien sabe qué otra cosa. Ahora -en el futuro-, la realidad está abandonada* como en el principio de los días, hace millones de años. Pero ahora observada por un gran hermano que somos nosotros mismos, vigilando una realidad que en el fondo no es real, que son 0 y 1 que van a la velocidad de la luz entre cables que hilan el planeta en una red. *“[...] los vacios monumentales que definen, sin pretenderlo, los vestigios de la memoria de un juego de futuros abandonados” que decía Robert Smithson ya no serán la tentativa del abandono antes de ser construido, será el abandono total de lo construido y lo no construido.

III. Lo real y lo irreal

El concepto perderse pierde su significado más “físico” o “real”. Si antes el estar perdido o desorientado conllevaba unos claros condicionantes corporales, ahora son eminentemente psíquicos, con una clara preponderancia de lo visual respecto al resto de sensaciones. La experiencia y la aventura del peligro en el camino desaparecen. El ojo y la mano mandan sobre el andar. «Al mundo virtual le falta la resistencia de lo real y la negatividad del otro. »³

Podríamos decir que en este ejercicio del deambular digital actúan muchas conciencias a la vez. En primer lugar podemos señalar las distintas personas que utilizan los coches, las bicicletas y triciclos que llevan las nueve cámaras montadas y que eligen cuando y a donde ir. En segundo lugar, la persona que desde su casa deambula mediante distintos dispositivos a través de un territorio grabado y convertido en archivos en el tiempo volcados en la nube digital.

Habría que hacer una diferenciación entre la “tierra” y lo “virtual”. Como diría Byung-Chul, «en el curso del giro digital abandonamos definitivamente la tierra, el orden terreno» y «categorías como espíritu, acción, pensamiento o verdad pertenecen al orden terreno». «Tampoco el pensamiento en sentido enfático es una categoría de lo digital. » Es sabida la posición negativa de Byung-Chul hacia la vida digital. Y  sobre todo, en los seres “mentalmente pobres” en los que podríamos convertirnos de seguir por esta senda. Pero si hay una realidad más o menos evidente, 

más allá de la reflexión sobre lo bueno y lo malo de lo digital, es que ya vivimos con esa realidad digital desde hace un tiempo y, obviamente, no toda es nefasta. 

Ya las cartas como la radio o la televisión u otros medios que transformaron la comunicación en sus días fueron criticados en épocas pasadas. Internet ha modificado nuestra forma de comunicarnos, informarnos y relacionarnos, además, éste hace de adalid de la libertad y la transparencia.

Llegados a este punto deberíamos debatir reflexionar sobre los efectos y beneficios de la experiencia del deambular digital y su diferencia con el transitar físico: ¿Es posible tener algún tipo una “experiencia” o “conocimiento” a través del deambular digital? ¿Se puede transformar el paisaje a través del deambular digital, es decir, podría existir intervencionismo?

Es cierto que la experiencia cambia cuando somos conscientes de que no existe peligro físico. Además determinados sentidos como, en primer lugar, el olfato y el tacto, y menos determinantes, el gusto y la vista, se verían no solo transformados, sino sepultados por lo digital. «No es posible ninguna experiencia sin dolor, sin negatividad de lo otro, en el exceso de positividad.[…] » También el concepto de “perdido” se vería transformado en cierta medida ya que «Cercanía y lejanía también pertenecen al orden terrenal.» A la comunicación digital le es extraño el «dolor de la cercanía de lo lejano».

³ La sociedad de la transparencia Byung-Chul Han p. 79. 
⁴ En el enjambre Byung-Chul Han p. 77.
⁵ En el enjambre Byung-Chul Han p. 80.
⁶ En el enjambre Byung-Chul Han p. 79.
⁷ M. Heidegger, Conferencias y artículos, cit., p. 154.

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