travel

Irán y Corea del Norte. La belleza como justicia y fin pacificador.

Viajar es huir de lo mismo, es estar atento a lo que está pasando en ese preciso instante. Amar en mayúsculas, como apunta unas de mis recurrentes y favoritas frases de Simone Weil: «Amar es estar atento». Exacto, viajar es amar y estar atento, esas dos cosas. También es como tener sexo, olvidas el pasado y el futuro, te hace viajar y estar clavado en el aquí y ahora. Cuando viajas multiplicas o estiras el tiempo en algo que merezca la pena. «La vida gana tiempo y espacio, duración y amplitud, cuando recupera la capacidad contemplativa».1 Viajar es lo mismo que contemplar, un pasar de la vita activa a la vita comtemplativa. Pero no lo veo como una aventura, un reto o un trofeo que colgar en las paredes de tu casa, las experiencias y los deseos están sobrevalorados. Pienso que es algo muy personal, es casi espiritual diría yo, si no viajara mi vida sería más aburrida, estaría completamente vacía.

Cuando viajo, ¡viajo!, pero viajo con mi cuerpo y con mi espíritu, el pack completo. Es una forma de dejarse ir. El tiempo se para, deja de existir, se esfuma y la felicidad empieza a germinar, es como ese perfume exacto que no se excede en su dulzura pero que tampoco pasa desapercibido. Entonces es cuando aparece el flow, el estado de flujo, como define Mihaly Csikszentmihalyi a esos minutos, horas y días que pasan, no llegando a saber dónde estás ni cuando llegaste ni cuando te irás. Sí, eres completamente feliz.

Viajar es huir de lo mismo, es estar atento a lo que está pasando en ese preciso instante.

Después está la curiosidad, reconozco que soy curioso, por eso viajo, porque entiendo que no soy único en este mundo; porque este planeta está lleno de gente maravillosa, de paisajes insólitos, de naturaleza, arquitectura, arte, música, comida... y gran parte de esas cosas la producen seres humanos de distintas razas, distintos idiomas, con sus alegrías y sus tristezas. Las personas, eso, siempre las personas.

No obstante hay algo más importante que todo eso, y concurre de forma transversal existiendo en cualquier rincón del planeta, se llama belleza. De nuevo Simone Weil lo decía en su libro La persona y lo sagrado, «La belleza es el misterio supremo en este mundo». Este nombre femenino de noción abstracta que debe ser un axioma para muchos, de vez en cuando es bueno exhibirlo y recordarlo una y otra vez. Porque sí, la belleza no tiene aparato respiratorio, ni circulatorio, ni nada... y vive para siempre allí donde queramos verla y sentirla.

Niñas ensayan observándose en el espejo en el palacio infantil de la música en la capital de Korea del Norte, Pionyang.

Niñas ensayan observándose en el espejo en el palacio infantil de la música en la capital de Korea del Norte, Pionyang.

Pero para encontrar belleza debemos saber mirar. Cuando somos capaces de dejar atrás cualquier registro archivado en nuestra memoria y sólo somos capaces de ver con nuestros ojos y no con nuestros pensamientos, es entonces que el ojo de la primera vez, sin experiencia aparente, es decir, no viciado y sin prejuicios, hace de las suyas. Asimismo, para que surja la belleza el tiempo tiene que ser lento, es entonces cuando aparece el aroma, y de nuevo la atención. «Nunca seremos conscientes de las otras posibilidades a menos que, como el pintor que mira con cuidado lo que sucede sobre lienzo, prestemos atención a lo que sucede a nuestro alrededor y evaluemos los sucesos según su impacto directo sobre cómo nos sentimos, en lugar de evaluarlo exclusivamente desde el punto de vista de las ideas preconcebidas. [...]» 2

También el deseo, éste sustantivo abstracto que ya hemos citado anteriormente, merodea lo bello, y viajar con una mirada rápida no trae nada bueno, ¡ay..! las prisas y el deseo. Umberto Eco decía en su libro La historia de la belleza, que «El sediento que cuando encuentra una fuente se precipita a beber no contempla su belleza»; y prosigue: «De ahí que el sentimiento de la belleza difiera del deseo.»

Es entonces que el ojo de la primera vez, sin experiencia aparente, es decir, no viciado y sin prejuicios, hace de las suyas.

No es la primera vez que me dicen que por qué viajo a sitos tan raros, tan inseguros y con regímenes tiránicos. ¿Sitios raros? Las personas no tienen la culpa de eso, o al menos la gran mayoría. ¿La teníamos todos los españoles cuando existía un tal Franco? No ¿verdad? ¿Hubiera sido justo que no nos visitara nadie? Tampoco. Es por ello que hace tiempo me hice una camiseta para dar una charla sobre mi viaje a Irán y Corea del Norte en la que aparecía una frase que explicaba: «Un país no es su régimen».

Viajar a dos de los países que Bush citó en el discurso del Estado de la Unión el 29 de enero de 2002 y que definió originalmente como axis of evil no fue tan malo. O eso me pareció a mí. La decisión de que fueran esos dos países fue pura casualidad —aunque también curiosidad—. ¿Qué ocurre allí?, ¿a qué huele Pyongyang?, ¿qué luz hay en Teherán?, ¿cómo es la mirada de una norcoreana en suelo norcoreano? Tampoco hay que ponerse tan solemne y profundo para viajar, sólo con ser curioso y querer sentir cosas basta, pero la curiosidad tiene que ser de verdad, autentica. También tengo que reconocer que uno de mis retos fue poder llevarme pruebas de ello, pruebas de que existe una realidad que va más allá de lo que nos cuentan. En definitiva, querer ir allí, aquí es dónde penetra el sentimiento de explorador, que es la curiosidad elevada a la máxima potencia: qué hay allí, qué se encuentra allí, quiero verlo para contarlo, y te conviertes por fin en un geógrafo romántico. Cuando se le preguntó a George Mallory por qué había escalado el Everest, respondió: «porque está ahí». Lo suyo sería convertirse en una especie de Herodoto, ese hombre curioso que quería saberlo todo, escuchar cientos de historias; un hombre activo, incansable pero afable, que pensaba en los demás, y que siempre estaba en busca de algo.

Parque recreativo en la ciudad vieja de Yazd, Irán.

Parque recreativo en la ciudad vieja de Yazd, Irán.

No es que piense que esos países son perfectos, pero quería, y quiero seguir demostrando, que existen personas normales y corrientes que más allá de sus creencias, estilo de vida, política y lo que nos quieran contar, son personas como tú y como yo.

Primero fui a Irán a conocer la Ashura de la mano de Manolo Espaliú, repetidor en este bello ritual, y ahora sumergido en un trabajo maravilloso sobre el viaje de García de Silva y Figueroa por la Persia safávida de hace 400 años.

Cuando se le preguntó a George Mallory por qué había escalado el Everest, respondió: «porque está ahí».

Conocer la Ashura fue conocer de otra forma la Semana Santa de Sevilla. Las similitudes que existen entre estos dos rituales, por diferentes que sean sus religiones, a veces llegan a ser sorprendentes: su cuaresma, gastronomía, costaleros, las hermandades y esos chiquillos tocando el tambor por las calles de Teherán te hacen sentir que estas en Sevilla, que no somos tan distintos.

En Irán son persas, no son árabes, la mayoría es musulmana y chií, una de las principales ramas del islam junto al sunismo. Lo primero que observé acostumbrado, sobre todo, al trato de suníes de origen marroquí, es comprobar que la forma de ver y difundir la religión era bastante distinta de la de sus antagónicos.

Pero más allá de lo religioso, que impregna a casi todo en esté país, están de nuevo las personas. El sentimiento de proximidad que regalan los habitantes de Persia es maravilloso, es casi una filosofía: la cotidianidad, el gesto de la casa, la invitación, la lentitud... Es el país de la sencillez, de la mirada sincera, y eso a su vez es una forma de resistencia. Josep María Esquirol lo describe muy bien en La resistencia Intima: «Reconocemos que resistencia íntima es el nombre de una experiencia, propia de la comarca de la proximidad; comarca que no es visita de un día, sino habitual estancia. Pero hoy cuesta quedarse en ella. La proximidad no se mide en metros ni en centímetros. Su opuesto no es la lejanía sino, más bien, la ubicua monocromía del mundo tecnificado. Hemos visto cómo la cotidianidad y el gesto de la casa son importantísimas modalidades de la experiencia de la proximidad». Y es que todavía se percibe en el aire el murmullo de lo artesano, la meditación como oración y el descanso necesario. Los oficios se descubren a cada rincón de las ciudades como santuarios de sabiduría que resisten a la actualidad, no como un acto de rebeldía sino de supervivencia.

Mujeres en un mirador contemplando la ciudad de Qòm, Irán.

Mujeres en un mirador contemplando la ciudad de Qòm, Irán.

Nakhl y alfombra persa en un cementerio de Yazd, Irán.

Nakhl y alfombra persa en un cementerio de Yazd, Irán.

Pero si en Persia encontramos una belleza más espiritual, que como decía Socrates está basada en la mirada que expresa el alma, en Corea del Norte encontramos otra distinta basada en el poder, la sobriedad y la magnanimidad.

Es sabido que la belleza es abstracta, que no sólo ha cambiado a lo largo de los tiempos sino que, a veces, lo que uno ve bello otros lo ven monstruoso. En éste país, que ésta muy lejos del nuestro, de nuevo nos concierne ver con los ojos de la primera vez, sin los prejuicios de la estética occidental. Para comprender esto basta con leer el ensayo de Junichirô Tanizaki sobre la luz y la sombra en El elogio de la sombra, un libro lleno de tolerancia para comprender como otras culturas conciben la belleza.

«Un país no es su régimen»

En Pyogyang existe una belleza muy particular. Por ejemplo, cuando te despiertas por la mañana temprano y abres la enorme ventana de la habitación del hotel antes de que hayan salido los primeros rayos del sol —si ese día los hubiera—, piensas que estás en otro planeta. Cierto, Pyongyang tiene una belleza extraterrestre. Una música extraña, melodiosa y somnolienta se escucha flotando en el aire proveniente del gran jumbotron cerca de la estación de trenes. Esta música de sonidos sintetizados que emulan el sonido natural de unos instrumentos, acompañado con las voces agudas de coros de mujeres norcoreanas, se mezclan con una niebla espesa que abraza los altos edificios de color pastel que luce la ciudad. En el horizonte se puede divisar la torre Juche con su ficticia llama roja arriba del todo todavía encendida. Este monumento está construido para conmemorar el ideario Juche, un mix de autarquía, autodependencia, tradicionalismo coreano y socialismo. Si miras para abajo adviertes a personas que rara vez caminan acompañadas, van con un paso ligero, rítmico, como desfilando. No se paran con otras, parece que ni se miran. Y todas tienen un destino al que llegar y parece que su objetivo es cumplirlo a vida o muerte.

Escaleras alrededores de la Torre Juche. Pionyang, Corea del Norte.

Escaleras alrededores de la Torre Juche. Pionyang, Corea del Norte.

La fotografía que describo puede que os resulte desoladora, triste o decadente pero en el fondo guarda trazos de una belleza sublime. Al igual que en la poética de las montañas, se busca una aventura de encuentro con lo desconocido, un gusto por lo exótico y distinto. Esto ya les pasaba a los viajeros del siglo XVIII ansiosos por conocer nuevos paisajes con otro tipo de belleza desconocida.

«Amar es estar atento». Exacto, viajar es amar y estar atento, esas dos cosas.

Opino que lo bello, o la búsqueda de lo estético a través del estudio de la esencia y la percepción, podría lograr un acercamiento entre los países y sus culturas, para así alcanzar un fin pacificador. Con esto no estoy diciendo que todo valga, no es una excusa, pero se empieza por observar con paciencia y sin prejuicios para que surja una correcta y justa empatía con el prójimo, un juicio justo, y yo pregunto ¿qué hay más justo que la belleza?

Puesto de frutos secos y golosinas en un parque en el sur de Corea del Norte.

Puesto de frutos secos y golosinas en un parque en el sur de Corea del Norte.

Plaza Kim Il-sung en Pionyang, Corea del Norte.

Plaza Kim Il-sung en Pionyang, Corea del Norte.

1 Byung-Chul Han, El aroma del tempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demo- rarse, p. 162

2 Mihaly Csikszentmihalyi, Fluir. Psicología de la felicidad, p. 311

Texto extraído de la segundo número del magazine cultural Maasai.

Países en el limbo. Un viaje al pasado más soviético.

A los que nos gusta viajar empujados por la curiosidad no nos vale viajar a Londres, París, Roma o Berlín… pensamos que esos lugares siempre permanecerán ahí o no se moverán nunca. A los viajeros –que no turistas: muy importante este apunte-, lo que nos gusta es experimentar y descubrir lugares de los que todavía se ha escrito poco, que son desconocidos, inexplorados, que los cubre un aura de exotismo o, por qué no, una pizca de temor, «Lo que le da valor al viaje es el miedo. » decía Albert Camus (Carnets, 1, 1935-1942)

Después de que la curiosidad me llevará a lugares como Corea del Norte, Palestina, Irán –está última ya no tan desconocida-, el sur del Líbano, Chernobyl, Moldavia, y un largo etcétera… me decanté por empezar a conocer los países que no son países, o siendo más concretos y técnicos: todos aquellos estados que no tienen reconocimientos mayoritarios dentro de la comunidad internacional.

Estos dos países son: Transnistria, un territorio ubicado principalmente entre el río Dniester y la frontera oriental de Moldavia con Ucrania y reconocida internacionalmente como una parte de la República de Moldavia, aunque está controlada por el gobierno separatista, que declaró la independencia en 1990. Y el otro país es Abjasia, ubicado en la vertiente suroccidental de la cordillera del Cáucaso, al noreste del mar Negro, cuya capital es la ciudad de Sujumi. Es una república independiente de facto desde 1992; sin embargo, Georgia y la inmensa mayoría de la comunidad internacional la consideran una república autónoma perteneciente a ese país, mientras que Rusia, Nicaragua, Venezuela, Nauru y Siria la consideran un Estado independiente.

El motivo de este articulo no es daros consejos para poder viajar a estos «no-lugares» (Dicho sin desprecio alguno), sino quitaros el miedo si habéis tenido alguna vez en mente visitarlo. Así que, sintiéndolo mucho, no me parare en indicaros que hice para llegar hasta allí, para eso podéis preguntarme vía email.

¿Por qué viajar a estos destinos? 

Hay varias razones, pero uno de ellos es la curiosidad. Y sí, la destaco porque es muy importante, es lo que diferencia en gran medida al turista del viajero: la curiosidad por saber que ocurre allí, corroborar que sí, que el lugar existe, saber y entender como se vive en ese lugar; a que huele ese territorio, como sabe su comida. Creo que William Burroughs describió muy bien este sentimiento cuando dijo «Lo que quiero para cenar es una lubina pescada en el lago Hurón en 1927». Otro es puramente estético, y es que si además de ser viajero te gusta la fotografía, la pintura u otra disciplina artística, la motivación de lo estético, la «belleza», serán una motivación, un plus para descubrir espacios poco contaminados con los parámetros de la estética occidental (quitando la Coca-Cola que está en todos los lugares del planeta). Aunque, ahora que pienso, existe otro impulso que no se puede pasar por alto, y ese es: el viajar al pasado. Más allá de las ideologías que estén detrás de estos países no reconocidos, poder hacer un viaje en el tiempo desde 2018 a 1970 u 80 es una pasada. Una de las cosas que más me maravilla de estos sitios es que parece que se ha parado el tiempo, a veces no se nota exclusivamente en su arquitectura, sino también en las personas, su forma de vestir, la estética, todo sigue igual, igual que en el pasado más soviético.

Edificio gubernamental con estatua de Lenin, Tiráspol, Transnistria. © Pedro J. Saavedra

Edificio gubernamental con estatua de Lenin, Tiráspol, Transnistria. © Pedro J. Saavedra

¿Es peligroso viajar a estos sitios?

Rotundamente no. Es indiscutible que son lugares un poco especiales por eso de no estar reconocidos internacionalmente, o por vivir en unas condiciones específicas, pero no vas a un lugar inseguro o que está en guerra. Por ejemplo, el Ministerios de Asuntos Exteriores de España dice esto sobre Transnistria:

Debe ser evitada la zona situada al este del río Dniéster, conocida como región de Transnistria, por tratarse de una zona fuera del control de las autoridades de la República de Moldavia desde su secesión “de facto” producida en 1990. En esta zona la posibilidad de prestar asistencia consular podría verse limitada.

O esto otro sobre Abjasia:

Se desaconseja altamente viajar a la región de Abjasia. Debido a la difícil situación de seguridad, en particular en el distrito de Gali, cerca de la línea de alto el fuego, o de la frontera administrativa, se recomienda considerar detenidamente la necesidad de viajar y obtener el consentimiento del Ministerio georgiano de Asuntos Exteriores.

La República Autónoma de Abjasia, en el noroeste de Georgia es internacionalmente considerada como parte integrante de la República de Georgia,  pero desde 1993 no está de facto bajo el control del gobierno georgiano. La situación de seguridad en esta parte del país es precaria desde entonces. Suelen acontecer incidentes. En algunas partes de la región hay campos minados no marcados.

Abjasia está cerrada para viajes internacionales. Entrar a Georgia desde Rusia o salir de Georgia hacia Rusia pasando por Abjasia está prohibido por la "ley sobre los territorios ocupados" - salvo en casos muy excepcionales y con el consentimiento previo del gobierno georgiano. Un paso fronterizo no autorizado (por ejemplo, en la frontera Psou) es considerado por las autoridades de Georgia como un cruce ilegal de fronteras a Georgia. Si posteriormente se entrara en Georgia a través de la línea de cese el fuego o las fronteras administrativas de las regiones vecinas georgianas o al intentar salir del país podrían producirse, por tanto, la detención y arresto. También en viajes posteriores a Georgia, las autoridades georgianas podrían denegar la entrada al país, en el caso de que en el Pasaporte haya algún sello de la entrada/salida ilegal Georgia/Rusia por Abjasia.

Está claro que cualquiera que lea estos comunicados, y más siendo del Ministerio de Asuntos Exteriores, no se le pasaría por la cabeza viajar allí. No obstante lo que le digo a todo el mundo es que existe otra realidad muy distinta a la que nos cuentan. No vas a Siria, Bagdad, o mucho peor, Yemen, que en estos momentos viven tres años de guerra. Además pienso, que como ciudadano libre de derecho universal, en realidad, a no ser que te impongan la fuerza bruta, tienes todos los derechos para entrar y salir en cualquier sitio del mundo.

Fotografías de personales celebres rusos en las calles de Tiráspol, Transnistria. © Pedro J. Saavedra

Fotografías de personales celebres rusos en las calles de Tiráspol, Transnistria. © Pedro J. Saavedra

De estos países, por ejemplo, hay algunos como Osetia (Situado en Georgia al igual que Abjasia), que ingresar desde Georgia es complicado si no imposible (Viable entrando desde Rusia). Pero por ejemplo los que yo conozco, Transnistria y Abjasia, son totalmente factible entrar tomando las medidas oportunas, como obtener visados y alojamientos, que puedes encontrar fácilmente por internet.

En todo momento el trato de las personas que allí viven -muchos son rusos-, es de una atención y educación exquisita, además del continuo agradecimiento al forastero por la visita. Lo normal, si lo piensas bien, es que a este tipo de países le vengan de maravilla el turismo, ya no sólo para llenar sus arcas, sino porque tener personas que visiten estos países es una forma de reconocimiento y construcción identitaria del lugar.

Cae la fría noche en los barrios de Tiráspol, Transnistria. © Pedro J. Saavedra

Cae la fría noche en los barrios de Tiráspol, Transnistria. © Pedro J. Saavedra

La primera vez que viajé a uno de estos países fue Transnistria, fui en autobús ida y vuelta desde Chisinau, capital de Moldavia y fui sentado al lado de un transnistrio que sabía ingles, sorpresa, porque la mayoría de estas repúblicas no saben ingles y saben, o su idioma (en el caso de Abjasia), o ruso, sobre todo ruso. Cuando le pregunté qué ver en Tiraspol, la capital de Transnistria, no sólo hizo que nos bajáramos con él en la parada oportuna (me acompañaba Beatriz, una aventurera), sino que nos invitó a un café y nos hizo un plano con bolígrafo azul que creo todavía conservo.

La frontera de Abjasia, por ejemplo, es más dura. La imagen que muestra es como si volviéramos a los conflictos de Europa del este en los 90: gente muy mayor cargada de bolsas, autobuses destartalados (algunos de ellos todavía con el logo de el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), que van y viene de la frontera de Abjasia a la georgiana y viceversa, además de un trato a veces vejatorio por parte de soldados abjasios a los ciudadanos georgianos que van a entrar a Abjasia.

Una vez dentro de Sujimi, la capital de Abjasia, todo es calma. La ciudad está situada en una humilde ribera exótica llena de vegetación, donde rusos con dinero vienen a pasar el verano de una forma diferente. Son educados, amables, y el trato es exquisito.

Martires abjasios en la guerra de Abjasia al oeste de Georgia, entre 1992 y 1993. © Pedro J. Saavedra

Martires abjasios en la guerra de Abjasia al oeste de Georgia, entre 1992 y 1993. © Pedro J. Saavedra

En lo que sí se parecen las dos republicas, tanto la de Abjasia como la de Transnistria, es que ambas parecen de mentira en tanto en cuanto se percibe que allí reina una vida de paz, orden y felicidad: parsimonia total.

Por ahora sigo pendiente seguir viajando por estos países que no existen, que están en el limbo o que son como una quimera. Además no son pocos, hay un listado bastante extenso. Por ejemplo, países no reconocidos por al menos un Estado miembro de la ONU están Chipre del Norte, Kosovo, la Republica de China, más conocida como Taiwán, un Estado con reconocimiento limitado; Osetia del Sur, la República Árabe Saharaui Democrática, y Abjasia.
No reconocidos por Estados no miembros de la ONU, sólo Transnistria y la república de Nagorno Karabaj. No reconocidos por ningún Estado, uno que parece sacado de un comic, se llama Somalilandia. Después está Palestina como Estado observador de la Organización de las Naciones Unidas y un sin fin territorios excluidos: pueblos no contactados que viven en sociedades que no pueden definirse como estados; micronaciones; aquellas áreas que sufren guerras civiles y otras situaciones con problemas sobre la sucesión de gobiernos; grupos rebeldes que han declarado la independencia o la de los movimientos irredentistas actuales y los gobiernos en el exilio.

Así que si eres curioso por naturaleza, que el miedo no te venza, investiga, pregunta, asesórate y sal de tu casa. No todo es tan peligroso como cuentan. Eso no significa que tengas que correr riesgos, y que te expongas hasta el punto de poner en peligro tu vida, pero siendo prudente y precavido se puede visitar casi cualquier sitio en mundo.

Anciano cruzando la frontera de Abjasia con Georgia. © Pedro J. Saavedra

Anciano cruzando la frontera de Abjasia con Georgia. © Pedro J. Saavedra

Olvidos y recuerdos

Hará ya unas semanas que llegué de viajar por algunos países –unos reconocidos, otros menos-, del antiguo bloque de la unión soviética. También he estado visitando la zona donde ocurrió una de las mayores catástrofes del siglo pasado, Chernóbil, en concreto la ciudad abandonada de Prípiat, donde residían los trabajadores de la central. Pero ahora no os voy a hablar ni de la catástrofe del reactor número 4, ni de ese país fantasma con moneda propia llamado Transnistria que conocí de camino a Kiev.

Os voy hablar de la muerte y la memoria, porque ambas me han estado persiguiendo durante este viaje.

Decir que adoro viajar en estas fechas. Me encanta el frío, la nieve, los cielos nublados, la luz... Si a esto se le suma que el destino es a países de Europa del Este y sus cementerios, el cóctel está servido.

Acostumbró a visitar los cementerios de los lugares a donde voy, algunos me sorprenden más, otros menos. Pero este viaje por sus condicionantes, tanto retóricos como semánticos; desde un punto formal-estético como antropológico; histórico-contemporáneo, me hicieron reflexionar -aun más-, sobre la muerte y su resistencia: la memoria.

Una de las cosas más fascinantes que me he encontrado en estos cementerios de Bucarest, Chisináu en Moldavia y Kiev en Ucrania es su fotografía. No la fotografía del cementerio en sí -su territorio-, sino los retratos en sus tumbas, lapidas y panteones. Lo particular de los retratos de los fallecidos era su nivel de descomposición, empezaban a desaparece la pintura, y estos simbolizaban sin querer la blancura del olvido. Ya no sólo desaparecía el cuerpo físico sino que también prescribiría la imagen y con desaparición, ya se sabe, el olvido. Esto me hizo recordar un trabajo de Xavier Rivas, "Flowers", en concreto a la disipación de las flores en los santuarios al aire libre de accidentes automovilísticos. Estos lugares ‘de sombra’, sin embargo, lejos de desaparecer se ‘invisibilizan’. En mi caso las fotos no se mimetizarían, como la flores, estas desaparecerían dejando un hueco, un lugar, la blancura. Las flores de Xavier son como una foto en blanco en la que tú sabes que cosa había antes de desaparecer, pero que ya no puedes ver.

Lo que yo sentía viendo estos retratos a punto de desvanecerse era un doble duelo, Barthes decía que la fotografía tenía un irremediable patetismo incorporado, ya que “no hay futuro en ella”. Hay una incapacidad del autor en transformar el dolor en duelo, seguramente, porque el referente muere en la vida real, pero no hay futuro en ella.

Estaba viendo los espectros desaparecer. Primero los cuerpos, segundo las imágenes, ahora sólo quedaría la burlona y mentirosa memoria haciendo de la suyas. El deseo de tomar la cámara nace de la ansiedad de ser consientes de nuestra debilidades cognitivas respecto al paso del tiempo. Pero también es una forma de mantener en vida, en forma de luz, a un ser querido, a una persona que ya no está físicamente, por eso es un espectro.

La doble muerte –el doble duelo-, de los cementerios que he visitado son un espectáculo de nostalgia. Las miradas de esos retratos a punto de desaparecer son como observar la muerte de una estrella, porque al igual que las estrellas, las fotos nos recuerdan algo que no está y que se construyó a base de luz.

Ahora que llegan las navidades, momentos entrañables en que todos recordamos a personas que ya no están entre nosotros, las fotos son cápsulas del tiempo, lo más cerca de estar con los que ya no están. En el caso que no tengas fotos, y que desaparezcan como los retratos de los cementerios de Bucarest, Chisináu o Kiev, siempre puedes acudir al olvido, porque como decía Bachelard "no solamente nuestros recuerdos, sino también nuestros olvidos, están alojados".

Feliz Navidad de recuerdos y olvidos.

Retratos del cementerio de Baikove en Kiev, Ucania. ©Pedro J. Saavedra

Retratos del cementerio de Baikove en Kiev, Ucania. ©Pedro J. Saavedra

El geógrafo romántico

Siempre que salgo de mi hogar para realizar un viaje largo siempre pienso lo mismo: que lejos... Mientras que andando me voy viendo a través de las grandes lunas de los comercios de mi calle cargado con la mochila y, a punto de coger mi primer transporte, un taxi que me lleve a la estación de trenes o el aeropuerto pienso: que lejos voy; cuanto camino por recorrer; que aventura... Y despierta en mí una sensación de escalofríos y mariposas en el estomago que me sabe a gloria, me sabe a libertad. Sale el geógrafo romántico, el nómada que todo el mundo tiene dentro, pero que solo unos pocos lo sacan al exterior, lo estimulan, lo miman y lo cuidan.

Porque no todo el mundo sabe viajar, y que conste que pienso que la gente debe viajar como le de la real gana. Pero mi consejo es que cuando se viaje se haga soltando todo lo que se pueda... y aflojar, aflojar y aflojar hasta desprenderse de toda la mochila mental, no la que llevas acuesta... que a veces también. Porque las mochilas la cargamos demasiado, mochilas o maletas, yo poco a poco he ido cambiando la maleta por la mochila. Más incomoda a veces, pero siempre más «tú», tanto que a veces de tanto llevarla pegada a tu espalda se convierte en parte de ti, fundiéndose a tu piel, parte de la columna vertebral,de tu cuerpo y tu viaje.

Y llega el momento de hacer un G.C.O "Gabinete de Crisis por Olvidos," porque siempre que viajas, sobre todo cuando eres un despistado como yo, hay que valorar un porcentaje de objetos que olvidas. Por ahora van dos. Y te preocupas, y te enfadas... pero también piensas que lo obviaras, lo relativizarás en el momento que caigas hipnotizado viendo como los campos, casas, personas, coches, pueblos, nubes... pasan a toda velocidad a través de la ventana del tren.

Y piensas de nuevo: Que lejos voy; cuanto camino por recorrer; que aventura...

Geografo Romantico